Porque tener hijos y viajar es posible un infierno
Y no lo digo yo.
Lo dice cualquiera que haya metido a un niño de dos años en un avión.
Yo tengo dos niños, de 2 y 4 años. Y ya tienen unos cuantos trayectos a sus espaldas.
En tu cabeza el viaje está guapísimo: actividades apuntadas, restaurantes kid-friendly, hasta huecos para la siesta.
Pero luego no ha pasado un solo día desde que salisteis de casa y ya vas pensando quién coño te ha mandado a hacer este viaje.
Lo que pasa es que luego ocurren otras cosas. De las que te hacen cambiar de idea.
Para mí, sin duda la mejor es la ilusión con la que viven todo. Es una ilusión que realmente contagia.
Y es que cuando a un niño le dices un jueves que «el lunes nos vamos a la playa«, el viaje comienza en el momento que se lo dices. En su cabeza ya está de viaje, ya está disfrutando.
Pero es que ya no es solo eso. Cuando un niño ve algo que nunca ha visto (otro paisaje, otro idioma, un tren distinto) tiene una especie de detector que se activa y suelta dopamina, dándole ganas de explorar. Y te digo más, esa misma dopamina le dice a su memoria «esto guárdalo bien, es importante».
La fascinación de tus hijos cuando ven algo nuevo no es solo su cara de ilusión. Es su cerebro poniendo el aprendizaje en modo turbo. Su modo esponja en su máximo esplendor.
Pero luego ocurre otra cosa curiosa, y es que a nuestros hijos no les importa mucho nuestros planes de viaje. Ni nuestra visitas a museos, ni puntos de interés. Ellos lo que quieren es jugar. Jugar en ese nuevo escenario que nunca han visto.
O no os ha pasado nunca que cuándo volvéis a casa después de recorreros medio país, lo primero que le cuentan a los abuelos no son los museos que visitamos, sino la gaviota que les robó el bocadillo en el parque?
Pues eso.
El sitio importa menos de lo que crees.
Que jueguen importa más de lo que crees.
Porque un niño no necesita nuestro itinerario. Un viaje ya es el parque más grande del mundo, si no lo estropeamos con un Excel.
Mi método cabe en un pósit: planifica cuatro cosas. Improvisa el resto. Y deja que jueguen.
Se trata de conseguir ambas cosas (que jueguen y que nosotros hagamos algo nuevo) sin que se convierta en el infierno que es.
¿Que cómo se hace eso sin jurar en arameo? Hay que cambiar una cosa en nuestra cabeza que casi ningún padre cambia. De eso van mis emails.
Ah, y estoy construyendo dos herramientas.
Una, para que la silla del coche deje de ser un jeroglífico y sepamos en todo momento que es la silla adecuada para nuestros hijos.
Otra, para que ningún papel te pare en una frontera con tus hijos.
Cuando las estrene, los de mi lista se enterarán antes que nadie.
Y una cosa más, por ser honesto desde el primer minuto: no soy ningún experto. Hay días que la cosa se desmadra e improviso con un sentido común que ni aparece. Me acuesto repasando lo que pude hacer mejor.
Sin culpa.
Al día siguiente, más exámenes. Y es que los niños te ponen a prueba a diario, y los viajes son el examen sorpresa.
De esos exámenes salen mis emails.
Si buscas la fórmula definitiva para viajar con niños, no te suscribas: no la tengo y desconfía de quien te la venda. Y si llevas el itinerario en un Excel con pestañas de colores, tampoco, que vamos a discutir.
Para todos los demás, los que sospechan que esto, además de un infierno, merece la pena: